Entre la máquina de producir deseos y la novela familiar

0

Sea como sea, el deseo desea. Entre el verbo ser y el desear hay una cuerda en donde hacemos equilibrio. Y sí, hay un precipicio llamado realidad, una realidad que oscila desde adentro hacia afuera o desde afuera hacia adentro. A mediados el siglo XX había una disputa intelectual francesa entre la escuela psicoanalítica lacaniana/freudiana y la filosófica deleuziana/marxista. La escuela del filósofo Gilles Deleuze contratacaba a la psicoanalítica con el argumento de que el inconsciente no era un teatro familiar al cual uno debía interpretar siguiendo la técnica analítica, sino una máquina de producir deseos que se escapaba del influjo de los significantes/significados, con el solo objetivo de  realizar agenciamientos. Para esto, la escuela deleuziana cita al literato Proust quien describe que una mujer cuando elije un vestido, no lo hace sólo por el vestido en sí, sino por todo lo que rodea a éste y que va creando al mencionado agenciamiento, o sea, al conjunto de deseos como podrían ser una fiesta, las amigas, el verse bien con ella misma, el candidato o el amor presente en dicha fiesta,  etc. De aquí parte la crítica filosófica al reduccionismo analítico de la novela familiar al  enmarcar la interpretación hacia lo regresivo que confluye en el mar dramático de Edipo.

A mi modo de ver, ambas teorías son compatibles o complementarias. Porque nos guste o no, nuestra psiquis se funda a partir del deseo de nuestros progenitores, de aquello que esté permitido desear y de aquello que no. Cabe mencionar que, no es igual ser una hija o un hijo no deseado que otra/o que sí, aunque parezca más que obvia la disyunción. Todo deseo está encarnado en lo que somos y lo que somos es un reflejo de nuestros deseos y del deseo de los otros y de las demandas que hicieron de los otros aquello a lo que estuvieron dispuestos a desear.

Si tuviéramos que buscarle una propiedad al deseo, diríamos que es pegajoso por esencia: se pega a las necesidades básicas y a las artificiales, se pega a las cosas y a las palabras, se pega a las sensaciones y a los recuerdos. El deseo se pega y nos pega al mundo. Cuando el deseo pierde esa capacidad de adhesión: entramos en una especie de inercia congelada. Ahora, que el deseo nos pegue al mundo no quiere decir que hay que guiarse por él, o que esté bien o mal. Porque el deseo está antes que nosotros seamos alguien; y cuando está al frente nuestro lo queremos, y es ahí en donde el maestro de la escuela analítica (Lacan) aparece y expresa: el deseo es el deseo del Otro. Aquí el otro no es el otro con minúscula, sino el Otro simbólico que nos ordena en una cadena de coherencias. En consecuencia, ese teatro del inconsciente posee una máquina de producir deseos; y son esos mismos deseos que nos hacen felices, que nos movilizan, nos conflictúan, y que a veces nos dañan o “pegan”, y hasta nos destruyen.

PABLO NANI, MÉDICO PSIQUIATRA, HOSPITAL DE LAS GRUTAS VIOLETA VILLALOBOS.

QUÉ TE GENERA ESTA NOTICIA

SIN COMENTARIOS

Dejar una respuesta


*