Alfredo Gattoni, el sanantoniense muerto en Malvinas, una historia para no olvidar



(por Hipólito Sanzone) Ahora le dicen “flash” pero en aquel tiempo era “flechazo”, amor a primera vista. Se conocieron un día de 1980 en un pasillo del ministerio de Economía donde trabajaban.

El había venido de Bahía Blanca a estudiar Arquitectura. Tenía sueños en el alma, pelusas en los bolsillos y una tonada entrerriana que se le había pegado de tanto compartir pensiones con estudiantes de esa provincia. Ella era de City Bell y tenía un novio de esos que las madres definen como “buen partido”.

El flechazo fue tan fuerte que ella ni dudó. Dejó que al buen partido lo jugara otra y se quedó con el de la tonada dulcemente apaisanada. Se casaron en el viejo Registro Civil de diagonal 79 y en lugar de iglesia y vestido hubo un asado repleto de gente que los quería bien.

El se llamaba Alfredo Gattoni y la Guerra de Malvinas lo sorprendió estudiando para dar las últimas dos materias de la carrera. Había pedido prórroga, ya estaba casado y lleno de deudas por pagar y encima, cuando lo convocaron a hacer la instrucción militar le suspendieron el contrato de trabajo en el ministerio de Economía.

Por aquel tiempo la instrucción se hacía en un predio de Arana y ella, Norma Capomagi, contaba las monedas para colgarse del entonces micro 7 para ir los domingos a llevarle a su marido comida casera y golosinas. Bajo la arboleda de aquel anexo del Regimiento 7 Alfredo y Norma soñaron juntos un futuro de trabajo, de prosperidad y de hijos. “Teníamos el sueño de la Familia Ingalls”, recuerda Norma y lo dice con una melancolía infinita que le humedece la mirada.

En abril de 1982 Alfredo ya había terminado la instrucción militar y gozaba, si el término vale, de la prórroga del Servicio Militar Obligatorio. Con Norma habitaban un departamentito en 12 entre 39 y 40. Fueron seis meses felices, de cotidiana búsqueda del primero de los hijos que habían soñado.”Todavía tengo grabada la imagen de mi jefe parado en medio de la sección Procesamiento de Sueldos diciendo: ‘no sé qué pasa pero nos dieron asueto'”. Norma recuerda que esa misma noche, cuando ya los noticieros hablaban de la recuperación de Malvinas, Alfredo estudiaba con dos compañeros de facultad. “Como a las 3 de la madrugada me levanté a llevarles café y unos sandwiches y en eso sonó el timbre”, cuenta. En un tiempo en que la palabra inseguridad estaba en el diccionario de otros Norma bajó a abrir, a pesar de la hora y se encontró con un policía le dijo lo que nunca hubiese querido escuchar. Ya no había prórroga para nadie.

Entre otros recuerdos imborrables Norma se detiene en la noche en que Alfredo partió a Malvinas como miembro de la Compañía C del Regimiento 7. Y relata que el viejo predio de 19 y 53 era un mar de sombras verdosas, un gentío desesperado, una locura de camiones que aceleraban y gritos y llantos. Y que en medio de aquella locura no lo pudo encontrar a Alfredo para darle el último beso. Un rato después de que los convoyes partieran un oficial la llamó por el apellido de casada y le alcanzó un bolso con la ropa de civil de Alfredo. “La guardo como un tesoro”, asegura, 25 años después de aquel desencuentro.

Lo que siguió fueron días de angustia interminable. “Con las chicas del ministerio tejimos más de 300 bufandas”, acota.

Sólo dos cartas le llegaron de Alfredo. En una de ellas le decía que Malvinas era un lugar tan bello, que cuando todo terminara debían viajar allí para que el bebé que soñaban tener naciera en ese paisaje. Después no hubo más cartas ni noticias pero ni bien se supo que la guerra había terminado Norma se apuró a preparar el recibimiento. “Le pedí plata a mi mamá y compré un cubrecama y unas cortinas nuevas. Quería que el departamento estuviese lindo para cuando él regresara”, dice.

La noche en que los combatientes regresaron al Regimiento 7 fue tan caótica como cuando partieron. Con la diferencia que esa noche la gente no obedeció las órdenes que venían desde adentro del Regimiento y cuando le dijeron que los chicos “no salían”, empezó a presionar sobre el portón de hierro que daba a la calle 19. “La presión fue tanta que el paredón se movía, fue impresionante y los militares no tuvieron otra que dejarnos pasar”, cuenta Norma.

En medio de aquellas sombras verdosas de los uniformes y los camiones a Norma le perforaron el corazón: “Alfredo no vino”, le dijeron. Y como no le dieron otra explicación tuvo que emprender un doloroso peregrinar en busca de noticias verdaderas. Y recorrió hospitales, viajó al sur y se dejó llevar por las mil y una especulaciones que la rondaban. Alfredo no aparecía en ninguna de las listas disponibles, ni vivo ni muerto.

Y antes de contar cómo fue aquella búsqueda desesperada Norma ruega que se le permita agradecer la ayuda de un compañero de trabajo. Y con ojos llenos de lágrimas recuerda a “Huguito Ontiveros, que me acompañaba, que me prestaba plata porque yo pagaba el alquiler y las cuotas de los muebles y me quedaba sin un peso. Si habremos comido polenta en el buffet que administraba su padre”, rememora.

De aquella búsqueda Norma cuenta un episodio que estremece. Fue una noche helada, en el Instituto Geográfico Militar. Le habían dicho que todo soldado de Malvinas que había regresado al Continente estaba registrado ahí. “El oficial que me atendió miró la lista, me informó que mi marido no estaba entre los que habían vuelto, me miró fijo y me dijo: “pero no se preocupe que una mujer como usted seguro que va a conseguir otro marido”. Por el carterazo que Norma le pegó, el oficial la dejó presa casi toda la noche. Y un año más tarde, cuando ya Norma había cumplido 24 años, le deslizaron por debajo de la puerta el certificado de defunción de Alfredo.

A fines de los 80 Norma participó de un fallido viaje en barco a Malvinas que, cuenta, casi termina en escándalo y del que se arrepiente haber participado. “Mezclaron a las familias de los soldados con las mujeres de los oficiales. No debieron haberlo hecho. Ellas estaban ahí porque habían elegido el modo de vida de sus maridos, yo no, Alfredo y yo no. Nosotros queríamos otra cosa para nuestras vidas, teníamos otros planes, otros sueños”, reflexiona.

En 1997 y junto a otros familiares de soldados caídos Norma sí pudo poner sus pies en Malvinas. “Ahí recién pude hacer mi duelo. A partir de ahí empecé a vivir un poco mejor, sin esa presión en el corazón que tenía permanentemente. Recuerdo que lloré desde que llegué hasta que me fui. Miraba el paisaje desolado de Malvinas y me decía: Alfredo murió por esto”.

Pasó el tiempo y acaso cuando calculó que Norma podría soportar el relato, el Pepe García, un amigo y ex combatiente que vive en Tolosa se animó a contar que él, Alfredo y otro amigo, José Luis del Hierro, estaban en la misma trinchera. Que vieron venir la bomba y que los tres saltaron a ponerse a salvo. Pero que la onda expansiva fue de tal magnitud que a Alfredo se lo llevó. Que después de la conmoción lo vió a Alfredo en una camilla, con un hilo de sangre en la boca. Y que a partir de allí, nada más.

Por otros ex combatientes Norma también supo que en Malvinas, entre otras cosas que no podían haber faltado, no había para todos los soldados esos collares con chapitas identificatorias. Y que cuando llegó el turno de hacerlas grabar Alfredo le cedió la suya a un colimba que, cuentan, tenía cara de nene y estaba muy asustado. La única identificación que Alfredo llevaba encima eran las cartas de Norma, dobladas en un bolsillo, que nadie revisó.

Veinticinco años despúes, sentada en el comedor impecable de su casa de Tolosa, Norma acaricia el álbum con las fotos de su casamiento. “La guerra me arruinó la vida y los sueños”, dice. Su matrimonio con Alfredo duró seis meses. “Iba a pagar las cuotas del juego de dormitorio y ya era viuda”, grafica.

En cada una de las cruces del cementerio de Malvinas reza la misma leyenda: “aquí yace un soldado argentino cuyo nombre sólo Dios conoce”. Y uno de ellos es Alfredo Gattoni, el muchacho que vino a La Plata a estudiar desde Bahía Blanca, el de la tonada apaisanada de tanto convivir con entrerrianos, el flaco macanudo de la sección Procesamiento de Prode, el compañero de Huguito Ontiveros, el fanático del cine y del automovilismo, el amigo de los amigos, el de las guitarreadas, el que la cargaba a Norma con que era una platense agrandada, el de los chistes y el de esa reflexión que Norma repite como una enseñanza: “siempre -decía Alfredo- hay tiempo para confiar en los demás”.

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