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Editorial: el negocio del futuro y los problemas del presente

Río Negro comenzará a transformarse, hacia finales de este año, en un verdadero hub exportador de energía. El programa económico impulsado por el gobierno nacional, junto con el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), la estabilización macroeconómica, cierta previsibilidad jurídica y la apertura al capital privado, generaron una dinámica de inversiones energéticas que promete ser histórica para la Patagonia. En ese proceso, Vaca Muerta aparece como el motor productivo, mientras que el Golfo San Matías se proyecta como la puerta de salida del petróleo y el gas hacia los mercados internacionales.

En ese escenario, Sierra Grande, Las Grutas, San Antonio Este y San Antonio Oeste quedarán en el centro de proyectos emblemáticos. Entre ellos se destacan el oleoducto Vaca Muerta Oil Sur (VMOS) y el desarrollo del proyecto Argentina GNL, SESA (Southern Energy S.A), iniciativas que movilizan inversiones de una magnitud difícil de dimensionar para el ciudadano común.

La cadena de infraestructura prevista es enorme: nuevos pozos de producción en Vaca Muerta, gasoductos dedicados desde la cuenca hasta la costa atlántica, plantas de separación de gases, un rediseño del sistema portuario y complejas instalaciones para la licuefacción y exportación de gas natural licuado. Todo ello configura un nuevo mapa energético para la región.

En ese contexto, el CEO de YPF, Horacio Marín, señaló durante una presentación realizada en la Sociedad Italiana que este proceso generará miles de empleos calificados y un impacto directo en las localidades involucradas. Sin embargo, también dejó una advertencia implícita: esas oportunidades laborales recaerán en la comunidad local siempre y cuando exista la capacitación necesaria; de lo contrario, las empresas traerán trabajadores especializados de otros lugares.

Ahí está el punto central de todo este proceso.

La política local y regional debería comprender con claridad la dimensión de ese desafío. Sin embargo, no todos parecen estar a la altura de las circunstancias. Mientras el territorio comienza a posicionarse como una plataforma energética de escala internacional, parte del debate público sigue atrapado en discusiones menores, oportunismos políticos o promesas que no resisten el menor análisis.

Esta semana, por ejemplo, se vio a un exlegislador intentar presentarse como empresario capitalista mientras brindaba información confusa sobre el financiamiento y los trámites para la puesta en marcha nuevamente de una planta procesadora de pescado. Más allá de las idas y vueltas del episodio, el personaje representa una figura demasiado conocida en la política local: la del pseudoempresario improvisado que llega con promesas grandilocuentes pero con escasa solidez.

Lo preocupante es que ese episodio tuvo eco. Hubo quienes salieron a respaldarlo o, al menos, a relativizar lo sucedido: comerciantes, dirigentes políticos, comunicadores e incluso ciudadanos que empatizaron con el supuesto proyecto. Mientras tanto, en el medio siguen quedando familias enteras, jefes y jefas de hogar que perdieron su fuente de sustento, sin trabajo y sin salario. Porque detrás de ese discurso empresarial fallido lo que queda es aún la gente en la calle.

Ese es justamente el eje que se está perdiendo en el debate público: la situación real de las personas.

Algo similar podría ocurrir con ALPAT. En los últimos 60 días la empresa acumuló más de 2.300 millones de pesos en cheques rechazados. Incluso cheques de apenas un millón de pesos entregados como parte de indemnizaciones a trabajadores despedidos terminaron rebotados. El informe del Banco Central de la República Argentina resulta, en ese sentido, contundente y preocupante.

La política debería concentrarse precisamente en esa realidad: la de quienes difícilmente puedan insertarse en el nuevo ciclo económico que se anuncia. La promesa de empleo calificado choca con la realidad cotidiana de muchas personas que, por edad, por falta de capacitación o por limitaciones educativas, difícilmente puedan integrarse a ese nuevo mercado laboral.

No todos van a formar parte de esa ola de inversiones multimillonarias.

Por eso, el verdadero debate no debería limitarse a celebrar la llegada de capitales o a proyectar cifras impresionantes de exportaciones energéticas. El desafío central consiste en definir qué tipo de desarrollo se quiere para la región y cómo se garantiza que ese crecimiento no profundice las desigualdades existentes.

Hoy, sin embargo, el eje del debate parece estar en otro lado. La vulgaridad domina muchas discusiones públicas: en redes sociales, en medios de comunicación, en charlas de café e incluso en reuniones políticas donde deberían tomarse decisiones estratégicas.

Mientras tanto, el trasfondo de la situación se vuelve cada vez más complejo. Y, como suele ocurrir, cuando los problemas finalmente estallan, casi nadie quiere hacerse cargo. (en X: @caa174)

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