La piedra caminadora de la Meseta de Somuncurá. Misteriosa y muy terrorífica

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La Patagonia es una tierra de desconciertos, de marcados contrastes, de distancias enormes donde se arrutan los caballos, de infolios carcomidos que narran una historia diferente, de altos dioses caídos del panteón de los pueblos preexistentes, de expedicionarios que en la tensa duermevela de sus noches soñaron con una tierra de promisión, nimbadas sus frentes de gran respeto y con “más estipendio que el condestable de Castilla, que es uno de los grandes señores de España”.

La Patagonia es un sueño que no cesa, un ámbito para las correrías de los bandoleros, una comarca donde los viejos mitos perdidos cuajaron en el presente en las “contadas” de nuestros paisanos.

Acá, en ese contexto mágico, donde al decir del escritor peruano Manuel Scorza “se viaja del mito a la realidad”, la piedra y la roca tuvieron una importancia superlativa que fue marcando a fuego el territorio y que ofrece resistencia al timorato que no la respeta. Porque a la Patagonia hay que respetarla y estar en su misma sintonía para entenderla.

De piedra era la estirpe de los grandes caciques, el “rey Calfulcurá”, piedra azul por su linaje totémico. Namuncurá, garrón de piedra, titán sometido por los vencedores de quinientos años en lucha desigual. Ceferino, ya con olor a santidad. Su piedra azul, amuleto, aún se encuentra en la tribu asentada en los contrafuertes de la cordillera, que la supo tener el gran cacique y a la que ningún blanco tiene el privilegio de ver.

De piedra era el apelativo duro del expedicionario gobernador que soñaba con el oro de la fabulosa “Ciudad de los Césares”. Así de simple: don Juan de la Piedra.

De piedra era el nombre del jefe de la ignominiosa campaña al desierto: Julio –como César- Argentino como la plata y Roca, por lo cual supo decir: “Si ellos son Piedra, yo soy Roca”.

Y de piedra era el gran nauta, maragato por nacimiento y aventurero por vocación: el comandante de los mares del Sur, don Luis Piedra Buena.

De piedra eran los dioses caídos: el collón y su similar, la deidad tehuelche “elengashel” con el poder de petrificar a su antojo y responsables de enseñar a los hombres a confeccionar sus elementos líticos.

De piedra los fósiles, las turritelas, los huevos de dinosaurios, las araucarias, los bosques de palmeras, restos de una arcadia perdida para siempre.

La piedra pesada, que no siendo muy grande de tamaño nunca nadie pudo mover. La piedra saltona que saltó por encima de la barda y dejó un gran hueco en el lecho seco del río. La piedra pitonisa, oráculo, de Catán Lil que adivinaba la suerte de los guerreros que partían a la batalla y que registró la enjundiosa pluma del doctor Gregorio Álvarez. Las piedras propiciatorias como la del “gualicho”, en el gran bajo homónimo; la “vieja dueña” de Yamnagoo, toda cubierta de ganga en cercanías del Caín. Las piedras. Siempre las piedras.

Por eso “Zungun curá”, piedra que habla o suena, misteriosa, temida y con poderes de oráculo según algunos. Allá en la meseta, región elevada, en la proa más misteriosa de toda la Patagonia.

Allí entre achaparrados coironales y neneos, entre las arenas calcinadas por el sol implacable, las huellas apenas visibles de las piedras rodadoras, tan terribles que aún en las contadas de nuestros paisanos meten miedo.

Quienes son sus poseedores, sus dueños, prosperan en sus haciendas, crecen sus majadas, tienen buena parición, los años son excelentes, las aguadas abundantes…pero cada año deben entregarle algún familiar, que muere misteriosamente, porque ellas se alimentan con sangre humana.

Cuando su amo las envía son portadoras de maleficios y de mala suerte, incluso emisarias de la muerte para el infortunado que ha caído en desgracia. Después solo queda la huella solitaria de la piedra que se desplaza para cumplir con otro aciago mandato.

Nadie puede escapar a la suerte de la piedra rodadora. Y a veces hasta toma la forma de una cara humana con rasgos deformados.

Cuando su dueño prospera en demasía la rodadora también tiene exigencias mayores y generalmente terminan mal.

¿Acaso no cuentan que cierto lugar de la planiza, cuando se habían carneado algunos animales entró la piedra y ante el miedo general se bebió toda la sangre juntada en la palangana?

Pactos rituales, relación de dependencia con los viejos mitos, con las antiguas creencias. El que quiera creer que crea. Ella, la piedra rodadora o caminadora, mientras tanto, sigue caminando siempre maligna por los arenales de Somuncurá.

JORGE CASTAÑEDA

ESCRITOR- VALCHETA

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