Música clásica, el secreto mejor guardado de Spotify

iPhone 7 y los Airpod, los auriculares inalámbricos

a música por streaming, como las redes sociales, se catapultó gracias a dos factores: las computadoras de bolsillo y las conexiones móviles de alta velocidad (3G, 4G). El smartphone reemplazó al iPod, y ya no hizo falta comprar la canción o el disco que queríamos escuchar. Es decir, el modelo del negocio también se alteró. En lugar de pagar cada pista, el usuario debe abonar una suscripción; rectifico: en el caso de Spotify no es (en principio) obligatorio. Como se verá luego, poner música clásica en Spotify sin abonarse es como caminar por un camino minado.

Cuando nació iTunes Store, el gran cuco de las discográficas (con las que Apple debía negociar las licencias) era la música distribuida libremente y sin costo por medio de redes P2P. Steve Jobs y su equipo tenían que demostrar que podían tener éxito vendiendo música en Internet. Así que, por el contexto, no era posible ni sugerir la palabra gratis. Spotify, en cambio, pudo darse ese lujo, que es clave. Para un escéptico consumado de la música on demand, como es mi caso, el anzuelo de la gratuidad funcionó como una puerta de entrada para darle una oportunidad.

El streaming (Spotify, Google Play Music y Apple Music, típicamente) produjo un efecto colateral interesante. Como da lo mismo que inviertas tu tiempo oyendo canciones sueltas, listas de reproducción, álbumes o que no uses el servicio en absoluto (de todos modos te van a cobrar a fin de mes), el álbum volvió a cobrar protagonismo, un cambio de tendencia que quizá se acentuó por la coronación del vinilo como objeto de culto.

No te soporto

Gran parte de la música clásica es anterior al gramófono, los vinilos y el CD. Por eso, y porque es muy exigente desde el punto de vista sonoro, resulta interesante para probar plataformas tecnológicas. Tendemos a creer que los músicos siempre debieron adaptarse a la capacidad de almacenamiento de los soportes físicos, pero eso fue así sólo en los últimos, digamos, 100 años, desde que el disco y la radio crearon la tormenta perfecta que destronó a las funciones privadas, los teatros y la partitura como los medios preferidos para distribuir obras.

Un caso testigo es el del disco compacto. Su diámetro de 12 centímetros y su capacidad de hasta 80 minutos se le deben a la Novena Sinfonía de Beethoven, cuya extensión obligaba, en la época del vinilo, a registrarla más rápido de lo que se había propuesto el compositor, para que entrara en un solo disco. O bien la vendían junto con alguna otra obra, para completar dos placas.

Originalmente, el compacto iba a tener 11 centímetros de diámetro y 60 minutos de duración. “Una hora de música en tu bolsillo”; para los gerentes de márketing era un slogan imbatible. Pero Norio Ohga, vicepresidente de Sony y responsable del proyecto del CD, pidió a sus ingenieros que buscaran en el catálogo de la compañía la versión en vivo más extensa de la Novena. Encontraron una dirigida por Wilhelm Furtwängler en el festival de Bayreuth de 1951. Duraba 74 minutos, y esa fue la medida que Norio Ohga le impuso a los discos compactos.

Un vistazo al catálogo de Beethoven; hay centenares de álbumes
Un vistazo al catálogo de Beethoven; hay centenares de álbumes.
 

Unas tres décadas después del lanzamiento comercial del disco compacto, los soportes se volvieron difusos, nubosos, virtualmente ilimitados, y la música anterior al registro grabado volvió a su estado natural, sin el corralito del soporte físico.

Concedido, siempre hay límites. Eso se llama realidad. Pero si Spotify quiere poner en línea los cuatro CD de Parsifal, de Richard Wagner, no hay problema. Porque esos cuatro CD, de hecho, se han esfumado. Uso este ejemplo por dos motivos. Primero, su extensión. Segundo, porque la obra se estrenó cinco años antes de que Emile Berliner patentara el gramófono.

En consecuencia, y raro como pueda parecer, lo más nuevo para oír música grabada les sienta bien a las obras creadas antes de que se desarrollaran las tecnologías para grabar música.

Búsquedas

Ahora, ¿significaba todo esto que el catálogo de Spotify sería generoso en clásicos, barrocos, románticos, y así? Probemos, me dije, hace un par de sábados, y lancé unas búsquedas. Vivaldi, popular más por su meteorología que por su extraordinario arte, casi seguro estaría, ¿pero, y Telemann? Uno o dos, suspiré, sin esperanza. Pero no. Conté más de 400 álbumes.

Busqué el disco Goin’ Home, de Ten Years After, grabado en 1971; lo había escuchado dos o tres veces en la casa de un amigo de la secundaria en 1976 o 1977. Allí estaba. Lo pasé entero. La memoria emotiva casi me manda al hospital. Aunque nada como lo que sentí cuando puse el Quinteto para Clarinete, Opus 115, de Johannes Brahms (hay varias versiones, una del Cuarteto Borodin). Escuchaba mucho ese disco justo en la época en la que entré en la secundaria. La memoria, ya les digo, es una inmensa caja de resonancia.

OK, vamos por algo más difícil, me dije. Por ejemplo, el noveno álbum de Soft Machine, Softs, de 1976. Traté de conseguirlo un número de veces aquí, sin éxito, y otras tantas me olvidé de comprarlo en Amazon, que lo vende. Allí estaba. ¿Discos de Peter Hammill? Veintiséis, contando algunas compilaciones; no es toda la obra solista del fundador de Van der Graaf Generator, pero son más que los que tengo en mi discoteca. ¿A ver Confesiones de Invierno, de Sui Generis? Sí, lo tienen.

Con el músico del rock argentino que más admiro, Luis Alberto Spinetta, no tuve tanta suerte. Pero fue porque estaba buscando mal. O, más bien, porque Spotify (lo mismo que Google Music), tenían separados los álbumes de Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Jade y Los Socios del Desierto.

Busqué casi todo lo que mi nostalgia me dictó, desde Los Beatles (tienen todos los álbumes) y Bob Dylan (Jobs tuvo que mover cielo y tierra para llevar a Dylan al iTunes Store) hasta Gentle Giant y Jethro Tull. King Crimson, en cambio, es uno de los gigantes que no existe en Spotify. Ni en Google Play, para el caso paso. Hay toda una interna aquí, en la que no ahondaré; Taylor Swift, que tampoco está en Spotify (su renuncia fue muy mediática), sí aparece en Google Play. De Genesis está todo, menos The lamb lies down on Broadway. ¿Alguna relación con el hecho de que Peter Gabriel sólo figura con Live Blood?

Mejor volvamos a los clásicos.

Demasiado

Al revés de lo que ocurre con varias bandas y solistas contemporáneos, incluidos algunos del jazz, Spotify es más que abundante en obras de ese interminable universo al que denominamos música clásica, y en el que están desde Albinoni hasta Mussorgsky o Stravinsky. Hablando de Mussorgsky, encontré Cuadros de una exposición en la versión original, es decir, para piano, interpretada por Elena Kuschnerova.

Paré de contar los discos de Bach cuando llegué a 600 y ya empezaba a bizquear. Con el prolífico Mozart tampoco pude llegar hasta el final de la lista. Ni con Ludwig van, obvio.

Pero, como se sabe, con los clásicos no importa sólo la cantidad, sino también (y sobre todo) la calidad. De cada obra hay versiones geniales, inspiradas, muy buenas, aceptables y mediocres, además de los registros históricos. Algunos directores se llevan mejor con ciertos compositores o se han especializado en ellos, y sigue la lista de dobleces.

Los sitios de streaming reflejan esta variedad, pero, a pesar de las compilaciones con títulos como Los mejores Adagios o Mozart Essentials, esta nueva modalidad viene a cumplir una suerte de sueño imposible de los que amamos esta clase de música. Es como ir a una disquería y pedir todo Scriabin. Y todo Puccini. Ah, ya que estamos me llevo todo lo que tenga de Elgar y de Haydn.

Pero tampoco. Si hiciéramos algo así, además de quebrantar nuestras finanzas, no estaríamos ni siquiera arañando la superficie de ese cosmos que es la música clásica. Me llevo la disquería, mejor.

Luego de un par de semanas de recorrer las bateas virtuales, he llegado a la conclusión de que es imposible escuchar toda la música clásica que hay en Spotify. Oírla, tal vez. Pero no escucharla. Lo que es una gran noticia. Primero, porque estas obras no fueron concebidas (ni las escuchamos) como canciones aisladas, compilaciones o listas de reproducción. Segundo, porque el acervo es demasiado grande, son siglos de música, y llevaría una vida y una inversión enorme visitar todos estos mundos sonoros. Por ejemplo, podría estar un año oyendo todo lo que hay de uno de mis violinistas favoritos, Jascha Heifetz (incluida su gigantesca interpretación del concierto para violín de Beethoven).

Por añadidura, para los que todavía compramos discos, estos catálogos sirven para elegir entre numerosas versiones. Y compramos discos porque si invertiste bastante dinero en hardware de audio, la calidad de la música comprimida (Spotify usa Ogg Vorbis) no alcanza.

Pero cuidado. Spotify y los otros servicios de música por streaming no pueden, por razones obvias, ofrecer toda la música grabada que existe, ni garantizar que esos discos seguirán ahí mañana. Y todavía quedan dos obstáculos, para nada soslayables.

Por un lado, la calidad de transmisión estándar de Spotify (es decir, sin pagar la cuota mensual) es de 160 Kilobits por segundo (Kbps). Es poco. Sobre todo es poco para la música clásica. Estuve cerca de entrar en modo Berserker, porque había miles de discos que quería escuchar, pero sonaban como si hubiera puesto los altavoces adentro de unos tachos metálicos. Lo soporté, gracias a una versión histórica de Carmen, de Bizet, monoaural y que ya de por sí sonaba mal. Pero entonces vino el knock out. En el medio de Carmen, Spotify no tuvo mejor idea que pasar un aviso, fecundo canciones “para bailar toda la noche” (o algo así, no recuerdo bien porque casi me da un soponcio).

Aunque se puede escuchar Spotify gratis, en la práctica, al menos en lo que concierne a las sutilezas de la música clásica, el servicio prácticamente obliga a abonarse. De esa forma, la calidad del streaming puede pasarse a 320 Kbps (aceptable) y los legítimos, pero inoportunos avisos se esfuman. El costo es razonable; Google, que sabe que Spotify llegó primero y que se convirtió en una marca (como hizo Facebook con las redes sociales, por ejemplo), cobra menos. Los catálogos son equivalentes, por lo que pude ver, pero no idénticos. Busquen Keith Jarrett en uno y otro y se van a llevar una sorpresa.

Una cosa más. Por lo general, usamos Spotify en el celular. Pero si son medio obse con la calidad de sonido (¿por qué me miran?) y lo tienen en una computadora conectada a un buen equipo de audio, recuerden que el smartphone, si tiene la app instalada, sirve como control remoto. En serio. (La Nacion)

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