Amira y Tupac. Una historia de amor. Ocurrió en Las Grutas.

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Había una vez una joven guardaparque muy bella llamada Amira. Desde muy pequeña quería ser una gran protectora de todos los animales y plantitas del mundo. El tiempo y los estudios lograron que fuera cumpliendo metas. Un día sus conocimientos la llevaron cumplir su misión en la Provincia de Rio Negro, al sur de nuestro país llamado Argentina. Se ubica en la región patagónica. Un lugar mágico llamado las Grutas. Cuidaba de toda la fauna y flora marina. Amira pasaba día y noche con ellos. Tantas horas pasaba observando cada cambio, cada arribo de otras especies, que no se dio cuenta que pasó a ser parte del paisaje. La naturaleza que era muy sabia. La tomó como propia. Un alma de transición. Entre la tierra y el mar.

Sin darse cuenta Amira, estaba siendo observada por el rey Océano. Todos los días la contemplaba desde sus silencios. Se enamoró de ella. Un día notó que sus ojos estaban cargados de una profunda nostalgia por su tierra natal la provincia de La Rioja. Y una lágrima salada rodó por su mejilla. Y fue justo a caer en una de las tantas conchillas de la playa. El océano que todo lo veía. Aguardo que Amira se fuese a descansar. Y esa noche elevó la marea tan rápido que cubrió como nunca toda la playa en un santiamén. El Rey Océano pudo manotear la lágrima frágil de la dulce Amira. Y le preguntó ¿Por qué llora Amira? Y ella le respondió extraña su hogar. Las olas y todos los animales del reino acuático. Comenzaron a gritar: ¡Amira está triste Rey Océano, tenemos miedo de que se quiera ir! ¿Qué será de todos nosotros?

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El rey se quedó pálido. Casi seco. ¡Silencio gritó déjenme pensar! Tomo su cetro de ostras y al fin sonrió ¡Tengo una gran idea marina! vamos a darle una gran sorpresa. Y después de un gran debate. Pusieron en marcha su plan estratégico. Amira necesitaba sentirse como en su hogar. Para que no desista. Ellos habían sido testigo de sus proezas y de sus sufrimientos.

El gran rey Océano temía no poder contemplar su belleza. Asustado, aterrado a vivir en soledad. Tomó un pincel, Y dibujo un pingüino. Uno muy especial. Con un penacho amarillo. Lo pinceló con unos rayitos de sol un toque riojano. Contento con su obra maestra lo envió. Ve y búscala.

El joven pingüino se dejó arrastrar por las inmensas olas cómplices. Y fue justo a parar donde solía estar ella contemplando los lobos marinos. Y allí venía con su larga vista. Esperando una bandada de aves que venían de Brasil. Ella siempre solía gritar de felicidad al ver otras especies regresar a esas tierras inhóspitas para reproducirse.

El encuentro. Fue mágico. Amira al verlo se quedó muda primero. Luego se puso muy feliz. Su corazón comenzó a latir muy fuerte. Se acerco, despacio para no asustarlo. Al verlo un poco lastimado no dudo en socorrerlo. Todo un equipo de guarda parque ayudó en el proceso. Mientras el Rey Océano observaba atento a todo.

Amira lo alimentó. Lo mimó. Volvió a sonreír como antes. Volvió a ser feliz. Y pensado, que nunca más volvería a dudar en quedarse. Porque ese lugar era su lugar su mundo. Su destino. Y luego de curarlo con apoyo de los veterinarios. Se puso a pensar como ese ser diminuto, había llegado a ella, arrastrado por el inmenso caudal salado del gran Océano ¡Qué valiente! Amira, sabía que debía devolverlo a su destino. Decidió bautizarlo con un nombre que representara su gran valor y lo llamo Tupac. En quiere decir valiente. Amira se encariño mucho y sentía mucha empatía por él. Pero sin dudarlo. Decidió anteponer a sus propios sentimientos. Decidió regresarlo a su destino. A donde él pertenecía. Decidió no entorpecer su naturaleza decidió devolverlo a el rey Océano. Ese día Amira sintió mucha pena y algarabía al mismo tiempo. La naturaleza le había enseñado que el destino de cada uno no depende de que tan cerca ni tan lejos este uno de sus afectos. Hay que irse lejos a veces, seguir nuestros instintos, y para eso hay que ser valiente como Tupac. Aprendida la lección. Amira contempló el hermoso penacho amarillo por última vez.

Tupac la volvió a sorprender en la despedida. Dio varias vueltas trazando ochos infinitos. Amira volvió a llorar. Pero esta vez sus lágrimas estaban cargadas de alegría. De pronto de la misma nada. Se levantó una gran ola. Robando así otra vez una lágrima de su protectora. Pero estas lágrimas eran tan dulces, tan pero tan dulce. Que el rey Océano aún la conserva la tiene oculta entre sus gotas saladas. Como un gran tesoro de amor.

Escritora. Claudia Orosmira Castillo .
Dibujo de Franco Ferreyra mi hijo de diez años.

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